Tuesday, May 01, 2007

La delgada línea entre el odio y el amor

Una de las tempranas discípulas de Freud, Melanie Klein, acogió la tarea de aplicar la técnica del Psicoanálisis a los niños. Ella consideró su trabajo como una extensión natural de la teoría Freudiana, más que como una visión innovadora del psicoanálisis; aún así, se encontró con varias críticas de sus colegas psicoanalíticos. Y acertadamente, pues su trabajo está caracterizado por explicaciones fantásticas y especulativas acerca de la fantasía infantil.

Sin embargo, Klein trajo a la luz el lado "feo" del desarrollo infantil, pues vio en los niños una masa de enojo y de impulsos hostiles para con las madres cuando el infante no conseguía satisfacer sus necesidades. En esencia, el niño cruza constantemente la delgada línea entre el odio y el amor cuando sus necesidades son ignoradas o frustradas. En su trabajo, Klein trató de explicar éste proceso por el cual el infante busca reparar el daño de su hostilidad a su madre. De hecho, los títulos de sus dos obras más significativas "Envidia y Gratitud", y "Amor, Culpa y Enmendamiento" cuentan la historia casi tan bien como los escritos mismos.

Sin embargo, últimamente, las teorías de Klein que influenciaron la teoría de las relaciones objetales, pueden crear una grave disrrupción en la terapia psicoanalítica. No nos meteremos en ésto pues no hace al escrito en sí, pero en suma podemos decir que las relaciones psicoanalíticas necesitan de una figura "parental" envestida en el tratamiento, no una figura "maternal", pues esto puede basar la relación en una díada infantil, haciendo del terapeuta un simple "amigo a sueldo".

Jacques Lacan se dio cuenta de éste error y enseñó que el psicoanálisis debe envolver tres figuras: el cliente, el terapeuta y el inconsciente. Tal como un desarrollo infantil saludable requiere de la figura del padre para cortar de cuajo la ensimismación emocional del niño con la madre, el buen trabajo psicoterapéutico debe dejar que el inconsciente se levante entre el cliente y el terapeuta. Ésto quiere decir que el proceso psicoterapéutico siempre debe involucrar una "paternidad" simbólica, por el cual el cliente es conducido a reconocer y superar las ilusiones de identificación con los otros, y, en el proceso, a curar la agresión y hostilidad que suponen esas identificaciones.

Ésto explica no solo por qué los amigos y los "amantes" no pueden ser cliente y analista; sino también, y más importantemente para nosotros: la delgada línea entre el odio y el amor.

Por más implacentero que sea admitirlo, la sexualidad adulta se basa en su mayoría en las necesidades infantiles de ser recibido, aceptado, y satisfecho. Cuando una persona se siente intensamente recibida, aceptada y satisfecha, entonces "está enamorada". Pero en algún momento, esa intensidad se romperá. Éste rompimiento nisiquiera tiene que ser el resultado de una maligna negación; puede ser simplemente el resultado de una necesidad de atender otras obligaciones en el mundo, y, en la persona siendo intensamente negada, pueden surgir celos intensos. Asi que, mas allá de cómo suceda, cuando no se satisfacen esas necesidades primitivas, entonces el "amor" se transfigura en odio y agresión. Si no me creen, vayan a los juzgados familiares para observar el desagradable proceso del divorcio.

El mundo está lleno de relaciones rotas que comenzaron como un dulce amor y terminaron sumidas en odio y agresión.

Todo ésto nos previene de aceptar relaciones que no nos satisfagan (en consecuencia con los artículos que vienen publicándose), debido a que no es placentero enfrentarnos a dichas consecuencias, siendo las reparaciones imposibles de llevar a cabo si no tenemos la intención de continuar dicha relación.

El "amor"

La mayoría de la gente no se da cuenta, pero la versión común o popular del amor envuelve un sentimiento de "recepción". "Amo el chocolate" realmente significa "Disfruto obtener la experiencia del sabor del chocolate". Similarmente, "Te amo" comúnmente implica "Disfruto tocar tu cuerpo", o "Disfruto creer que me darás algún tipo de seguridad o protección", o "Disfruto tener sexo contigo" (o "Quiero tener sexo contigo"). Como resultado, en sus enseñanzas acerca del amor, Lacan describió el típico acto de amor como una "perversión polimorfa".

Que no los asusten las palabras. Ya saben lo que quiere decir perversión. "Polimorfo" significa simplemente "tener muchas formas". A través de ésto se expresa el cómo se busca el amor siempre en todos los lugares equivocados. Esto es que buscamos satisfacción en todas las varias partes titilantes del cuerpo, pero nunca encontramos lo que buscamos.

Lo que "realmente buscamos" es algo que todos experimentamos como dolorosamente ausente de nuestra vida: algún sentido confortable de pertenencia y aceptación absoluta. Aquellos que tienen suerte, obtienen una sensación de ésto cuando son bebes, bajo la protección de sus padres. Pero el sentimiento es fracturado más de la cuenta por fallos empáticos por parte de los padres, y se pierde enteramente de la experiencia sensitiva ordinaria cuando los niños comienzan a crecer en edad e independencia y se instala la percepción de nuestra esencial mortalidad y soledad humanas.

Alguna gente pasa de un "compañero" a otro por sobre la superficie del dolor existencial, como una piedra patinando sobre el agua. Mientras este por sobre la superficie, es perfectamente felíz; pero cuando un affair termina, y se vienen para abajo con todo el peso de la gravedad, se desesperan por el próximo salto, a veces hasta buscando un nuevo compañero en el funeral del antiguo. Aún así, de un momento a otro, la piedra pierde vitalidad, y con un zambullido final cae en las profundidades de la tribulación.

Lacan señala que mientras que el "amor" - o sea, en su forma común y popular - es, en esencia, un perseguir fútil tras algo que no existe, sin embargo existe un amor detras de éste "hacer el amor", un amor que existe tras las bastedades y limitaciones, y que envuelve un cierto éxtasis del ser, como materia del alma, no del cuerpo. La ironía es que en el común acto de hacer el amor, pensamos que sabemos lo que queremos, pero resulta ser una ilusión, mientras que éste otro amor toca una experiencia real de saber que no queremos nada. Es algo como místico, según reconoce Lacan.

Ahora bien, Lacan no lo pone de ésta forma, pero la diferencia entre éstos dos tipos de amor - el amor "común" y el verdadero amor (o el amor real) - pueden ser concebidos como una diferencia entre dar y recibir.

Nótese bien que el "dar", no se refiere al mero compartir de objetos o riquezas; se refiere a la expresión de profundas cualidades emocionales como la paciencia, mansedumbre, compasión, clemencia, y entendimiento.


Ésto también sirve para mostrar el "amor" de aquellos que nos "aman": padres que nos protegen, "amantes" que nos hacen sentir recibidos, animales que jamás nos amenazan. Pero ¿podemos amar a aquellos que nos enojan, nos irritan, nos obstruyen, nos enfurecen... nos odian?

Tan shockeante como pueda parecer, la mayoría de los que clamamos estar "amando", no nos damos desinteresadamente. Por el contrario, estamos dirigiéndonos a un deseo psicológico encubierto de evitar sentirnos abandonados. La aparente generosidad del "amor" común es mas un acto de bravuconería que de amor real.

Enfrentemonos con la realidad; no existe el dar sin recibir, sin embargo no estamos hablando aquí de cuestiones meramente materiales. Todos intentamos satisfacer nuestro propio deseo de no sentirnos abandonados, y ¿qué mejor que con alguien que nos haga sentir bienvenidos y que nos otorgue una real comprensión de nuestro ser?.

No comparemos el amor real con el amor de algunos famosos por la historia por su "desinterés material", ellos también recibieron: recibieron la satisfacción por medio de la satisfacción del otro. Así, el amor real bien puede estar cubierto de "amor común", siempre y cuando se desvíe de la chabacanería materialista y nos impulse hacia la plenitud del existir.

Recuerden que, como menciona el articulo anterior, la auto satisfacción es crucial para alcanzar dicho amor; no existe el querer ayudar a alguien a alcanzar la plenitud si creemos que no podrá devolvernos eso mismo.