Movió sus labios, saboreó la amargura y la resequedad y se dispuso a continuar durmiento.
Sus sueños eran arrebatos - vestigios de lo que una vez supo ser su mente estructurada. Aquellos agradables le recordaban a placenteros recuerdos que en vida supieron pasar casi desapercibidos. Con la velocidad que pasan aquellos momentos que apenas permite un ligero sabor en las papilas del corazón; pero que en la mente son grabados por siempre.
Abrió sus ojos y se puso de pie con ligereza. Puso sus dedos entre los ojos y los frotó, esperando librarse de las lagañas matutinas. Se aprontó para salir y su realidad aclaró cuando calzó frente a su vista los anteojos de marco cuadrado y negro que siempre pensó definían su facciones con clase.
Salió a la calle con prisa y se detuvo cuando el calor del sol y la suave briza lo recibieron sin aviso . No había notado que era un día ideal para su cometido.
Caminó hasta llegar a aquella intersección que conocía de memoria. Tomó el camino de la izquierda y se adentró en el barrio, no podía retrasarse, el tren no espera por nadie.
Aceleró su paso al escuchar el chirrido metálico a la distancia, sujetó su bolso con fuerza y ya se encontraba agitado para cuando el primer vagón del tren arribó a la estación metro. Aprontó a entrar a la formación cuando un escalofrío recorrió su espina. Maldijo por dentro al servicio de trenes: heladeras veraniegas y hornos invernales - pensó. Pero se alegró al darse cuenta que no había nadie mas que él y otras dos figuras en el trén; aquellas se encontraban alejadas y no pudo distinguir bien su forma, pero se aseguraba de ignorarlas mientras levantaba los pies sobre los asientos vacíos para descansar.
Golpeó su cabeza contra el plástico de la ventana. Debió pasar el tiempo sin contemplaciones, porque al mirar por fuera se dió cuenta que se encontraba cerca de su destino. Respiró profundo y salió de la estación.
Lo recibió ese hombre bajito del cual sabía que no recordaría su apellido; maldijo su suerte y pasó al salón principal. La entrevista se concretó tras una larga espera. Podría haber dejado contento a su entrevistador, pero su naturaleza le aconsejó lo contrario. Volvió a maldecir por dentro. Sabía que su naturaleza lo había llevado hoy a donde está y pensó que no siempre es noble ser fiel a sí mismo. No cuando es uno mismo el que depende de las mentiras y el embelezamiento para captar y retener la atención del otro.
Salió con un ademán y entendió que no volvería.
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